lunes, 13 de enero de 2014

Lucha de gigantes


(más para mí que para nadie en concreto)


A pesar del optimismo imperante y el derroche de idealismo de algunas entradas, es bien cierto que hay días que son una puta mierda. También días preciosos en los que aparece alguien y nos jode.


Y semanas, y meses, puede convertirse en años si no se hace nada para evitarlo.

Últimamente veo, leo y siento demasiado derrotismo a mi alrededor.
Despótico pesimismo que te empuja a la inercia, a creer en cosas como las circunstancias, el destino inevitable y a limitar (te) tu campo de actuación. Porque eres tú solito el que lo haces, el que te frenas. Y me parece de un conformismo insultante.


"En un mundo descomunal,
siento tu fragilidad..."

Ya lo sé que no es fácil, como sé que todos somos muy autosuficientes y solucionamos nuestros problemas solos, perfectamente, ya somos mayorcitos.  

Siempre he sido de esas personas que prefieren lamerse solas las heridas, porque así me he sentido más fuerte. Y para que nunca se me olvidara como hacerlo.  

Aunque a veces, cuando pensaba que el futuro podía quedarme grande, una llamada habría sido más que bienvenida. Nunca he sabido pedirlas, soy consciente de que esto es orgullo y del malo. 

Sin más recurso que el respeto, pues no soy amiga de dar consejos gratuitos, aquí te dejo un tiro libre,
para cuando te hagan falta.
Y a seguir jugando.



Hay días en los que todos caminamos como autómatas, hipnotizados por el movimiento de las agujas del reloj. Como si estuviésemos programados y obligados a ceñirnos a quién cojones sabe qué. Seguro que has visto cientos de películas con esta escena: calle neoyorquina  abarrotada de personas grises, malas copias de nada. Nadie está a salvo de eso.  ¿O sí?

Pues ahí  soy la chica de la gabardina roja, ¿recuerdas?

 Qué te vas a acordar si no tienes ni puta idea.  

A pesar de mi egocentrismo, que conste que eso no lo escribí yo, sino alguien que se fue a donde nadie puede llegar vivo hace ya tiempo, el único que siempre me ha llamado Eme sabiendo perfectamente a  lo que se refería y sin que yo se lo contase, un amigo que me trajo la música y la casualidad, al que me quedaron muchas cosas por decir, conciertos que compartir y abrazos que dar.

 Mako.  Te habría caído de puta madre. Sé que le asustaría que haya vuelto aquí, pero después le encantaría este oleaje, mis descubrimientos poéticos y sé que ahora los “tenemos que vernos más” se cumplirían. De verdad. Pero ahora ni puede ser ni puedo pedir el reembolso de todos los sms que no le envié.

Eso sí que es un maldito destino inevitable.  Y todo lo demás puntos suspensivos.

Pienso que puedo hacerle un corte de mangas al destino y a las circunstancias cuando quiera. Dejar de caminar en círculos, tirar por la calle de en medio. Tengo algo que no me va a poder quitar nadie. Que lo intenten.
 Mi reducto de libertad es mío, puedo moldearlo a mi antojo y llevarlo a cualquier parte. Pero hacer algo, que se supone que estamos vivos, joder.

Y por supuesto, no vivir analizando el precio de mis actos ni cómo cotizarán en su escala de aprobación que realmente me importa una mierda.

Si no nos valen los segundos puestos no podemos permitirnos tener esa sensación de impotencia de ir en la fila y no hacer nada.

Vaya un triple.
Triple A: arrogancia, ambición y por supuesto acción.

Hay que darle una patada en el culo a la frustración y sacarla de aquí. De ti.

“No vas a comerte el mundo,
Quizás,
Pero el mundo está esperando tus mordiscos.
Yo también,
Por motivos similares y diferentes…"



Así que venga, trae tabaco que yo pongo las birras y me lo cuentas. 






PD: no te vayas sin escuchar la canción que da título a esta entrada


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